Arte, Marie-Guillemine Benoist, Pintura siglo XIX, Portrait d'une negresse, Retrato de una negra

Marie-Guillemine Benoist: “Portrait d’une negresse” (Retrato de una negra)

Detalle: “Portrait d'une négresse”

Detalle: “Portrait d’une négresse”

En la Francia de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, coexistieron un pequeño grupo de mujeres dedicadas profesionalmente a la pintura (lo que podría considerarse una singularidad), siempre pertenecientes a las clases media y alta. De entre ellas cabe destacar Margerite Gérard, Angélique Mongez, Anne Vallayer-Coster o Élisabeth Vigée-Lebrun, incluida nuestra protagonista, Marie-Guillemine Benoist –alumna de la anterior, con la que comenzó su aprendizaje hacia 1780 –, y más tarde discípula de Jacques-Louis David.

Autoretrato, 1790.

Autoretrato, 1790.

Marie-Guillemine Benoist (París 1768-París 1826) fue una de las de mayor éxito de su generación. Sus obras, expuestas por vez primera en 1784, no tardaron en ser reconocidas por el público. Durante el mandato de Napoleón (1769-1821) obtuvo el monopolio de los encargos de retratos del “Departament”. En un principio, su pintura, todavía estaba sometida a los temas clásicos a rígidas normas y a las convenciones de su tiempo: por lo general se reducía a escenas sentimentales y moralizantes de la vida familiar, retratos de niños y mujeres o temas semejantes; En 1791 el talento de la joven Marie-Guillemine destacó en el Salón de París, donde expuso por primera vez, obteniendo un notable éxito con una pintura de temática mitológica, “Psique despidiéndose de su familia”.

Marie-Guillemine Benoist, Retrato de Pauline Bonaparte (1780-1825), 1808. Óleo sobre lienzo, 200 x 142 cm. Musée national du Château de Fontainebleau.

Marie-Guillemine Benoist, Retrato de Pauline Bonaparte (1780-1825), 1808. Óleo sobre lienzo, 200 x 142 cm. Musée national du Château de Fontainebleau.

Marie-Guillemine Benoist, Retrato de una dama, 1799. Óleo sobre lienzo, San Diego Museum of Art.

Marie-Guillemine Benoist, Retrato de una dama, 1799. Óleo sobre lienzo, San Diego Museum of Art.

Pero a partir de 1795 se decantó por motivos de género, alejándose del estilo clasicista de David. Sus enérgicos cuadros preludian el estilo pictórico de Jean-Auguste Dominique Ingres.

Cinco años más tarde (1800), sin embargo, presentaba al Salón de París una obra muy distinta, alejada de las convenciones impuestas a las mujeres artistas. El lienzo ‘Retrato de una negra’ no sólo dejaba atrás el estilo de sus obras anteriores, sino que además suponía una llamativa mezcla de estilo clasicista y romántico.

Retrato de una negra. Obra de Marie-Guillemine Benoist. 1800. Óleo sobre lienzo, 81 x 65 cm. Museo del Louvre. París.

Retrato de una negra. Obra de Marie-Guillemine Benoist. 1800. Óleo sobre lienzo, 81 x 65 cm. Museo del Louvre. París.

Técnicamente, todos los detalles del cuadro están al servicio del tema central, la dignidad de esta insólita mujer, semidesnuda –con un seno al descubierto–, reclinada en una lujosa silla que dirige su mirada insondable y llena de orgullo hacia el observador. La tela blanca realza el color oscuro de su piel, pero sin conjurar el elemento exótico y/o erótico-sensual que proporciona la propia figura y el pañuelo que cubre su cabeza, a modo de turbante.

La ambivalencia ética de esta obra:

Por una parte, este último elemento estético de la propia obra (exótico/sensual), nos lleva a pensar que el retrato queda reducido a un icono más del sensualismo para el consumo masculino. El retrato de Benoist es parte de la alta cultura que se posiciona contra el feminismo. Alta cultura que tiende a excluir a las mujeres artistas, en la que la mujer, ya sea blanca o negra, se reduce a un signo, a un objeto  en el discurso sobre la masculinidad. Podría decirse desde esta perspectiva que tanto Benoist como la mujer negra que nos presenta, eran esclavas, cada una a su modo,  de una cultura dominada por los hombres.

Pero, por otra parte, más allá del abandono de la temática que era propia de una mujer artista en aquel tiempo, la obra no sólo sorprendió por presentar a una mujer de raza negra como protagonista, sino que además Benoist había cometido la osadía de plasmarla siguiendo la convención tradicional europea, reservada a mujeres blancas de clase alta.

Sin embargo, hoy los estudiosos coinciden en señalar que la obra de Marie-Guillaumine Benoist era mucho más que una simple osadía estética y temática de una mujer artista un tanto “díscola”.

Unos años antes de realizar su obra, en 1794, se había producido la promulgación del Decreto de Emancipación, por el cual se abolía la esclavitud en las colonias francesas. La esclavitud estaba prohibida en la Francia continental desde la Edad Media, pero seguía practicándose en las posesiones coloniales.

Algunos autores han sugerido que Benoist quiso celebrar la ley que abolía la esclavitud colonial –duraría poco, pues en 1802 Napoleón la restauraría de nuevo, además de instaurar un ‘código’ que lleva su nombre y que imponía duras restricciones legales y sociales a las mujeres y a la inmigración negra a Francia–, pero es muy posible que la artista quisiera ir mucho más allá.

A finales de siglo XVIII, coincidiendo con la Revolución Francesa, se había producido en Francia un breve aunque notable movimiento de corte feminista en el país, y todo parece indicar que, pese a sus simpatías monárquicas, Marie-Guillaumine no dudó en mostrar su adhesión a aquellas ideas.

Así, su retrato de la joven negra –al parecer una criada de su cuñado, que había llegado de las colonias–, no sólo se erigía en un alegato contra la esclavitud, sino también en una reivindicación –aunque tímida– de los derechos de la mujer. Un mensaje que Benoist incluyó al plasmar la figura de la joven negra, que simbolizaba al mismo tiempo la esclavitud y a opresión de la mujer en la época.

Si hubiera deseado hacer únicamente una defensa de la erradicación de la esclavitud habría sido suficiente con plasmar a un hombre de raza negra, pero al escoger a una mujer, Benoist identificaba al mismo tiempo la injusticia del racismo y la esclavitud con la opresión sufrida por las mujeres. Un mensaje reforzado, además, al plasmar a su protagonista siguiendo las convenciones estéticas reservadas a mujeres blancas, y pintando un tema ajeno al que debían representar las mujeres artistas.

2a

En cualquier caso, sea el lector quien interprete ética y estéticamente la obra.

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