Arte, Impresionistas, Manet, Monet, Pintura

Manet y Monet: “Le Déjeuner sur l’herbe (Almuerzo en la hierba)” e “Impression, soleil levant (Impresión, sol naciente)”. Dos obras desencadenantes del Impresionismo.

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Édouard Manet (1832-1883). Le Déjeuner sur l’herbe (Almuerzo en la hierba), 1863; Óleo sobre lienzo, 208 x 264,5 cm. Museo de Orsay.

Sobre la obra:

“Manet reivindica en el Almuerzo sobre la hierba el legado de los maestros antiguos y se inspira en dos obras del Louvre. El Concierto campestre de Tiziano, entonces atribuido a Giorgione, le brinda el tema, mientras que la disposición del grupo central se inspira en un grabado según Rafael: El juicio de Paris.Pero en el Almuerzo sobre la hierba, la presencia de una mujer desnuda en medio de hombres vestidos no está justificada por ningún pretexto mitológico o alegórico. La modernidad de los personajes hace obscena, a los ojos de sus contemporáneos, esta escena casi irreal.

El estilo y la factura chocaron casi tanto como el tema. Manet abandona los habituales degradés para entregar contrastes abruptos entre sombra y luz. Por ello, se le reprocha su “manía de ver por manchas”. Los personajes no parecen perfectamente integrados en este decorado de maleza más esbozado que pintado, en el que la perspectiva es ignorada y la profundidad ausente. Con el Almuerzo sobre la hierba, Manet no respeta ninguna de las convenciones admitidas, sino que impone una libertad nueva con respecto al tema y a los modos tradicionales de representación”

Sobre lo que significó su exposición:


Esta obra fue presentada por Manet al Salón de París de 1863. Fue expuesta por Manet con el título Le Bain (El Baño). El jurado elegido al efecto la rechazó, junto a otras 2.000 obras de diferentes artistas, considerando vencedora al Nacimiento de Venus de Cabanel. Pero, en un acto propagandístico de Napoleón III, se creó con estos cuadros (los rechazados por el jurado) el Salon des Refusés – de los Rechazados – precisamente para que el público pudiera dar fe de por qué habían sido defenestrados. Los críticos fueron muy tajantes con la escena de Manet, mientras que los jóvenes artistas – quienes, más tarde, conformarán el grupo impresionista – consideraron la obra como una muestra de vanguardismo, animando a Manet a crear imágenes de esas características y agrupándose en torno a él. Por lo tanto, El Baño se considera punto de ruptura con el arte académico y tradicional.

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Alexandre Cabanel, 1863. Óleo sobre lienzo. Academicismo; 225 cm × 130 cm. Museo de Orsay, París.

Los pintores que se reunían en el Café Guerbois en torno a Manet decidieron crear un foro de exposición diferente a los oficiales, en el que pudieran mostrar sus obras todos los artistas independientes. Así surge la I Exposición de la sociedad anónima de artistas pintores, escultores y grabadores que tuvo lugar entre el 15 de abril y el 15 de mayo de 1874 en las salas que el fotógrafo Nadar les prestó. Intervinieron, entre otros, artistas como Monet, Pissarro, Renoir o Cézanne. Acudieron 3500 visitantes, que se rieron de la pintura tan moderna que contemplaban. A esa exposición Monet presentó nueve cuadros, entre los que destacó esta obra esta obra que aquí presentamos: Impresión, sol naciente. El crítico Louis Leroy, inspirado por el título del cuadro, tituló su hostil crítica en el periódico Le Charivari, “Exhibición de los impresionistas”, dando nombre inadvertidamente al movimiento.

“Para entender el rechazo a la obra hay que tener presente que la palabra impresión era equivalente a boceto en aquella época. La Academia pedía a los pintores un boceto (impresión) inicial sobre la que trabajar posteriormente. Por esto, presentar un cuadro que es solamente una impresión o boceto fue tomado como una provocación; mandar al Salón una obra sin terminar era más de lo que podían admitir los miembros del jurado”.

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Claude Monet (1840, 1926), 1872. Óleo sobre lienzo; Impresionismo. 48 cm × 63 cm. Museo Marmottan-Monet, París.

“Impresión, sol naciente (en francés: Impression, soleil levant) es un cuadro del pintor francés Claude Monet, que dio su nombre al movimiento impresionista. Se conserva en el Museo Marmottan Monet de París. Representa el puerto de El Havre, ciudad en la que Monet pasó gran parte de su infancia”.

Para crear la atmosférica belleza de Impresión, sol naciente (un momento visual perfecto capturado como en un abrir y cerrar de ojos), Monet usó breves pinceladas, dando a entender que no había demasiado tiempo para pintar nada que no fuera un esbozo inmediato y apresurado. Fue este carácter de esbozo lo que enojó a los críticos cuando la pintura se expuso por primera vez. Sin embargo, pese  su apariencia de imagen apresurada e incompleta Impresión, sol naciente no es un esbozo, es una obra acabada por un pintor profundamente detallista.

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Las pinceladas breves y plumosas proporcionan a la pintura un aspecto suave y desenfocado para que los espectadores contemplen la escena como a través del velo de una bruma matinal que se eleva desde el mar. Monet eligió principalmente azules y violetas para componer la escena, con matices de grises y negros para resaltar las barcas y un naranja vivo para para el Sol y su reflejo. Con el azul y el naranja complementarios se aseguraba de que cada color adquiría más fuerza que si lo empleaba de manera aislada.

La obra muestra un enorme interés por la llamada teoría del color (Ver en este blog: El “Temeraire”, Turner y la Teoría de los colores de Goethe). Si bien parece que el sol perfora la neblina matutina a causa de su intenso color naranja, en realidad posee la misma luminosidad de su entorno; si se hace una fotografía en blanco y negro, el sol casi no se distingue.

Nota: Monet viajó a Londres entre 1870 y 1871, y allí pudo conocer la obra del paisajista Joseph Mallord William Turner, pintor del romanticismo inglés que destacó por su estilo avanzado y vaporoso, estilo que copiará Monet y después el resto de impresionistas.

 

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El Esclavo Moribundo (Miguel Ángel)

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.

“Las estatuas de Miguel Ángel poseen una inquietante carga erótica. En su obra más conocida, el David, la figura es independiente y el mármol posee un tacto suave  con un lustre verosímil, sin embargo, en esta escultura la forma  emerge desde la piedra en bruto.

Representa la furia que corroe el alma del cautivo, cuya expresión trasluce cierta satisfacción erótica con la situación en la que se encuentra. Las formas de los músculos y los tendones en tensión parecen infundir vida al mármol”.

Apenas había concluido Miguel Ángel su gran obra de la Capilla Sixtina, en 1512, cuando afanosamente se volvió a sus bloques de mármol para proseguir con el mausoleo que en 1505 el Papa Julio II le encargó crear para la decoración de su tumba.

Se propuso adornarlo con estatuas de cautivos, tal como había observado en los monumentos funerarios romanos, aunque es posible que pensara dar a estas figuras un sentido simbólico. Una de ellas es El Esclavo Moribundo.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo, h. 1513. Mármol, 229cm de altura; Mueseo del Louvre, París.

Si alguien pudo llegar a creer que, tras el tremendo esfuerzo realizado en la Capilla Sixtina, la imaginación de Miguel Ángel se habría secado, pronto advertiría su error. Cuando volvió a enfrentarse con sus preciadas materias, su poderío pareció agigantarse aún más.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.

Mientras que en Adán Miguel Ángel representó el momento en el que la vida entra en el hermoso cuerpo de un hombre lleno de vigor, ahora, en El Esclavo Moribundo eligió el instante en que la vida huye y el cuerpo es entregado a las leyes de la materia inerte.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.

Hay una indecible belleza en este último momento de distensión total y de descanso de la lucha por la vida, en esta actitud de laxitud y resignación.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.

Es difícil darse cuenta que esta obra es una estatua de piedra fría y sin vida cuando nos hallamos frente a ella en el Louvre de París. Parece moverse ante nuestros ojos, y, sin embargo, está quieta. Tal efecto es, sin duda, el que Miguel Ángel se propuso conseguir.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.

Uno de los secretos de su arte que más han maravillado siempre es que cuanto más agita y contorsiona a sus figuras en violentos movimientos, más firme, sólido y sencillo resulta su contorno. La razón de ello estriba en que, desde un principio, Miguel Ángel trató siempre de concebir figuras como si se hallaran contenidas ya en el bloque de mármol en el que trabajaba; su tarea en cuanto que escultor, como él mismo dijo, no era sino la de quitarle al bloque lo que le sobraba, es decir, suprimir de él lo necesario hasta que aparecieran esas figuras contenidas en sus entrañas. De este modo, la simple forma de un bloque quedaba reflejada en el contorno de las esculturas, y éstas, encajadas dentro de un lúcido esquema por mucho movimiento que el cuerpo pudiera tener.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo (Detalle). Museo del Louvre.

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Miguel Ángel: El Esclavo Moribundo, h. 1513. Mármol, 229cm de altura; Mueseo del Louvre, París.

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Arte, Füssli, Fussile, neoclásico, neomanierista, neoromántico,pintura S XVIII,Precursor de William Blake, Sin categoría

Füssli, Johann Heinrich

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Artista: James Northcote (1746-1831); Retrato de Henry Füssli, Fecha 1778; Óleo sobre lienzo, 77,8 × 64,5 cm. National Portrait Gallery.

Johann Heinrich Füssli (Zúrich 1741-Putney Hill, cerca de Londres, 1825), hijo del pintor Joan Caspar Füssil, se dedicó desde su primera juventud a la literatura y a la ilustración. En un principio se orientó hacia la Teología, pero en 1763 tuvo que abandonar Zurich por motivos políticos. Al año siguiente se estableció en Inglaterra. Hasta 1768 se dedicó a escribir, y sólo más tarde se interesó por la pintura bajo la influencia de Joshua Reynolds; de 1770 a 1778 estudió Bellas Artes en Italia. En 1799 ingresó como miembro en la Royal Academy, y alcanzó el rango de inspector en 1804. Su clasicismo romántico manifiesta la influencia de Miguel Ángel, del manierismo y de modelos literarios. Intensificó sus escenas teatrales, llenas de fantasía, mediante formas muy rítmicas y cargadas de tensión, así como a través de dramáticas figuras en movimiento.

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Füssli, autorretrato, 1790. Victoria and Albert Museum, Londres

Temáticamente, pese a su establecimiento en Inglaterra, Füssli representa un sentido del romanticismo plenamente alemán: su mundo nocturno y terrorífico es paralelo al del «romanticismo oscuro» de Novalis, Hölderlin, Jean Paul y Hoffmann. Todo ello sitúa a Füssli como una figura fundamental para la transición entre el neoclasicismo y el romanticismo, y como uno de los artistas pioneros en la exploración de lo irracional, hecho por el que algunos historiadores del arte lo comparan con Goya. Aunque poco después de su muerte su obra cayó en un relativo olvido, su figura fue reivindicada por los expresionistas y surrealistas, que lo consideraron un predecesor.

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Henry Füssli por Edward Hodges Baily, 1824, National Portrait Gallery, London.

<<Respecto a Füssli, Argullol destaca: “El pintor suizo Fuseli –italianización de Füsli- , escasamente conocido en la actualidad, tuvo gran importancia en el desarrollo de la sensibilidad romántica en el terreno de la pintura y, sobre todo, del dibujo. Sus ilustraciones de Schakespeare, Milton y Wieland, marcan el camino de la posterior tradición romántica teniendo como seguidores desde William Blake asta Joseph Anton Koch. El mismo Edgar Allan Poe se ha referido al “terror intenso indescriptible que Füssli pinta en las telas”. (En R, Argullol, La atración…,op.cit., p.29)>>

Titania acaricia a Bottom, 1793-1794 (1)

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Titania acaricia a Bottom, 1793-1794. Óleo sobre lienzo, 169x135cm. Kunsthaus, Zúrich.

Füssli reprodujo en numerosas ocasiones secuencias de la obra de Shakespeare El sueño de una noche de verano. En este cuadro el pintor plasma el momento en el que el rey Oberón se venga de su esposa Titiana, con la que se había peleado. Por medio de un encantamiento, logró que ella se enamorara del primer hombre que le saliera al paso, y a la víctima, un tejedor, le puso cabeza de asno para que todo el mundo se burlara de su amor. Füssli incrementa la teatralidad de esta absurda situación mediante la incorporación al lienzo de diversos seres imaginarios y con una reproducción muy realista de los personajes principales. El detalle de la siguiente imagen se centra en el amor ciego, como el que brinda Titania al monstruo, que en su parte inferior muestra la apariencia más bien grotesca y ajena del tejedor. Esta contradicción le sirve para hacer hincapié en la parábola de los efectos de los hechizos.

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Tatiana y Bottom, 1790 (2)

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Henry Füssli, Titania y Bottom, 1790. Óleo sobre lienzo, 217,2×275,6cm. Tate Britain.

La Pesadilla (El Incubo), 1781 (1)

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Johann Heinrich Füssli, 1781. Óleo sobre lienzo, 101 cm × 127 cm. Detroit Institute of Arts, Detroit, Estados Unidos.

Füssli hizo esta obra, probablemente,  inspirándose en el Sueño de Hécuba de Giulio Romano.  En él vemos una mujer dormida poseída por un íncubo, demonio que se presenta en sueños de tipo erótico, apareciendo en segundo plano la cabeza de un caballo de aire fantasmal que contempla la escena. La fisonomía de la mujer pintada corresponde a Anna Landoldt, sobrina de su amigo Johann Caspar Lavater, por la que el pintor sentía una gran pasión. Cabe remarcar que en el reverso del cuadro figura una composición titulada Retrato de una mujer joven, posiblemente Anna.

Es una de las obras más emblemáticas de este pintor, reflejando los temas preferidos a lo largo de su obra: satanismo, horror, miedo, soledad, erotismo. Füssli recrea en esta obra un mundo nocturno y teatral, con fuertes contrastes lumínicos, que inspirará toda la imaginería satánica del siglo XIX. Su título en alemán, Nachtmahr, era el nombre del caballo de Mefistófeles.

La Pesadilla (El Incubo), 1781 (2)

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Henry Fuseli. La pesadilla, entre 1790 y 1791. Óleo sobre lienzo, 77 cmx64 cm. Casa de Goethe

En esta otra Pesadilla (1790-1791) muestra a la mujer desde un punto de vista oblicuo. Predomina la contorsión, el desorden, y se subraya la voluptuosidad de ella. De nuevo el trasgo o íncubo indica la posesión demoniaca sexual y pierde, hasta cierto punto, su carácter pecaminoso anterior para producirnos una mezcla de atracción y repugnancia. Esa ambivalencia está presente en la máxima de Baudelaire Yo soy el cuchillo y la herida.

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Henry Fuseli. La pesadilla, entre 1790 y 1791. Óleo sobre lienzo, 77 cmx64 cm. Casa de Goethe

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Travesura, 1781

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Henry Füssli. La muerte de Dido (Travesura), 1781; Óleo sobre lienzo, 244,3×183,4cm. Yale Center for British Art.

Virgilio: La muerte de Dido

Eneida IV, 692 – 705

“…. buscó en el cielo de luz, y se quejó de encontrarlo.

Entonces poderosa Juno, por piedad de dolor a largo

y un alma difíciles de morir, enviado Iris para desenlazar la

de la lucha en sus extremidades anudadas, locos

por el dolor, ardor de dolor antes de su hora.

Y puesto que no se trataba de la muerte merecida o predestinado,

Proserpina aún no había cortado con tijeras un mechón de pelo rubio,

ni asignado a la reina a su estación de debajo.

Por lo tanto, cubierto de rocío, el azafrán de alas Iris, detrás de una oleada

de colores opuestos al sol, a través del cielo,

posa junto a la cabeza de Dido. “Santificaré

este símbolo para Dis y se suelta de su carne,”

ella habla, y se agarra y cizallas una trenza. Y aquí —

calor mengua en nada, se desvanece la vida y adelgaza al aire.”

Tekemessa y Eurysakes, entre 1800 y 1810

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Henry Füssli; Tekemessa y Eurysakes, entre 1800 y 1810. Óleo sobre lienzo, 1038 cmx 82,9 cm. Yale Center for British Art.

TeKemessa era la hija de Teutrante, rey de Teutrania en Misia , o Teleutas, rey de Frigia . Durante la guerra de Troya, Telamonian Ajax mata al padre de Tekemessa y la toma cautiva; su razón para hacerlo, puede haber sido, en el siglo primero antes de Cristo poeta romano, Horacio , escribió, que el Ajax fue cautivado por la belleza de Tecmesa. En Sófocles ‘ Ajax, Tecmesa intenta detener el Ajax de cometer suicidio, aunque ella no tiene éxito. Ella es el primero en encontrar su cadáver, que se cubre rápidamente con su propia ropa para evitar más dolores de cabeza. Su pequeño hijo, Eurysaces , sin embargo, sobrevive el incidente.

Theodore se reúne en la madera con el fantasma de su antepasado Guido Cavalcanti, 1783

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Henry Füssli;. Óleo sobre lienzo, 276cmx317cm. Museo Nacional de Arte Occidental. Tokyo.

Pintado dos años después de La pesadilla, este trabajo puede ser considerado uno de los más grandes de sus primeras obras. Füssli cita con frecuencia en las obras de estos autores británicos como Shakespeare, y este trabajo se inspira en el poema de Dryden Teodoro y Honoria, una adaptación de la “historia del degli Onesti” de Decamerón de Boccacio. La escena de Theodore y Honoria, que se muestra aquí, cuenta la historia de Teodoro, un joven de Rávena, que, rechazada por una fría recepción de su amada Honoria, se dispone a caminar a través de los bosques en el borde de Rávena. Allí se encuentra con el fantasma del suicidio Guido Cavalcanti, que también había sido recibida con frialdad por su amante.

Ezzelin y Meduna, 1779

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Henry Füssli; Ezzelin y Meduna, 1779; Óleo sobre lienzo, 45,7 cmx50,8 cm. Museo de Sir John Soane.

El conde Ezzelin Bracciaferro  -“Brazo de hierro”- reflexionando sobre el cadáver de su esposa Meduna asesinada por él por deslealtad durante su ausencia en Tierra Santa haciendo Las Cruzadas.

Edipo acusando a su hijo Polínices, 1776-1778

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Edipo maldiciendo su Hijo, Polinices, por Henry Fuseli, 1786, pintura británica, óleo sobre lienzo.

Pintura dramática de Henry Fuseli, representa el clímax de tensión de Edipo en Colono, un drama de Sófocles. Auto-ciego Edipo Rey, condena a su hijo, a morir. Las alusiones al enfrentamiento padre-hijo son constantes. Aquí Edipo, con los brazos extendidos, maldice a su hijo Polínices, que frena el brazo de su progenitor para evitar dicha maldición.

Ambos personajes forman una composición en aspa reforzada por el eje que forman las mujeres: no se reflejan lo masculino y lo femenino en un ámbito doméstico, sino en una tragedia griega y las figuras no aparecen en un espacio abarcable, sino sobre ese fondo irracional y nocturno que tanto interesaba a Füssli.

Las figuras, otra vez, son alargadas; sus expresiones, tremebundas, y utiliza el pintor una luz manierista de pálpito luminoso difuso que hace que las figuras parezcan fosforescentes.

El hombro desnudo de la hija de Edipo llorando sobre el muslo de su padre ofrece un erotismo de carácter fantasmal. Mediante distorsiones, se exageran los rasgos y miembros de los personajes en una manipulación de lo corporal que rompe todo canon y supone un latigazo erótico, expresivo por sus excesos. Füssli da misterio a una imagen nueva.

Ariadna Observación de la lucha de Teseo con el Minotauro, 1815-1820

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Henry Füssli; Ariadna Observando la lucha de Teseo con el Minotauro; Dibujo, 1815 a 1820; Técnica mixta: aceite, gouache blanco, tiza blanca, goma y grafito sobre papel lavado beige. 61,6 cmx50,2 cm. Yale Center for British Art.

En la mitología griega, Ariadna (en griego Ἀριάδνη, de la forma greco-cretense arihagne, ‘la más pura’) era hija de Minos y Pasífae, que eran los reyes de Creta que atacaron Atenas tras la muerte de su hijo Androgeo. A cambio de la paz, los atenienses debían enviar siete hombres jóvenes y siete doncellas cada año para alimentar al Minotauro. Un año, Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, marchó voluntario con los jóvenes para liberar a su pueblo del tributo.

Copa de Esón (c. 425–410 a. C., M.A.N., Madrid) en la que Teseo arrastra al Minotauro desde un laberinto parecido a un templo.

Ariadna se enamoró de Teseo a primera vista, como otros personajes femeninos que ayudaron a provocar el nuevo orden (un mitema que fue caracterizado como «de los desertores» por Ruck y Staples), y le ayudó dándole un ovillo del hilo que estaba hilando o, según otras fuentes, una corona luminosa para que pudiese hallar el camino de salida del Laberinto2 tras matar al Minotauro. Ariadna huyó entonces con Teseo, pero según Homero «no pudo lograrla, porque Artemisa la mató en Día, situada en medio de las olas, por la acusación de Dioniso».3 Homero no explica la naturaleza de la acusación de Dioniso.

En Hesíodo y la mayoría de las demás fuentes, Teseo abandonó a Ariadna dejándola dormida en Naxos y Dioniso la redescubrió y se casó con ella. Con él fue madre de Enopión, Toante, Estáfilo y Pepareto. La corona que recibió Ariadna como regalo de bodas fue ascendida a los cielos como la constelación Corona Borealis.

Ariadna permaneció junto a Dioniso hasta que más tarde Perseo combatió contra Dioniso en Argos y mató a Ariadna al petrificarla con la cabeza de Medusa o tras arrojar una lanza que iba dirigida a otro guerrero. En otros mitos Ariadna se ahorcó tras ser abandonada por Teseo. Sin embargo Dioniso descendió al Hades y la trajo de vuelta junto con su madre Sémele. Juntos se unieron entonces a los dioses del Olimpo. Ref: Wikipedia.

Escena de las brujas, de “La máscara de Queens”, de Ben Jonson, 1875

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Henry Fuseli; Escena de las brujas, de “La máscara de Queens”, de Ben Jonson, 1785. Óleo sobre lienzo, 762 cmx87,6 cm.Yale Center for British Art.

Percival liberando a Belisane del encantamiento de Urma

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Henry Fuseli; Percival liberando a Belisane del encantamiento de Urma; Óleo sobre lienzo, 991 cmx1.257 cm. Tate Britain.

En Percival liberando a Belisana del encantamiento de Urma (1785), el suizo contrapuso lo nórdico y lo mediterráneo. Hasta entonces la mitología nórdica era conocida pero despreciada, ahora el mundo gótico y nórdico viven en plena pujanza. Las figuras son, como siempre, alargadas, y sus gestos exacerbados; la escena es terrible y nocturna, presidida por la dualidad amor-muerte.

El sueño de Belinda, 1780-1790

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Henry Fuseli; El sueño de Belinda, 1780-1790. Óleo sobre lienzo, 100,5 × 125,5 cm. Vancouver Art Gallery

Por su parte, en El sueño de Belinda (1780-1790), el pintor toma a Shakespeare como fuente, al Shakespeare más mágico y nocturno. Incorpora extraños seres de apariencia fantasmal y adopta el muy romántico tema del sueño, representando figuras entre monstruosas e imaginarias surgidas de mitologías distintas a la clásica.

Belinda tumbada recuerda a las Venus dormidas, pero el sueño (estado de suspensión de la conciencia) lo identifica Füssli con la pesadilla, el tormento y lo sublime –ya decía Goya que producía monstruos.

Lady Macbeth Con Los Puñales, 1812

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Henry Fuseli; Lady Macbeth Con Los Puñales , 1812. Óleo sobre lienzo, 101,6 cmx127 cm. Tate Britain, Londres.

De 1812 data otra escena nocturna y fantasmagórica de Füssli basada en el Macbeth de Shakespeare. Lady Macbeth incita a su esposo a asesinar al rey, y él termina haciéndolo, pese a sus primeras dudas, antes de entrar en una espiral de enajenación y violencia. Aquí Lady Macbeth le pide que no haga ruido.

Lady Macbeth sonámbula, 1784

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Lady Macbeth sonámbula, 1784. Óleo sobre lienzo, 211x160cm. Museo del Louvre, París.

Los dramas de William Shakespeare fueron la fuente de inspiración más importante de Füssil en los inicios de su carrera. En esta obra presenta una escena del cuarto acto de Macbeth, con una acentuada teatralidad. Füssli pintó con frecuencia visiones fantasmales y terroríficas, con las que intentaba captar de forma expresiva el subconsciente humano.

Falstaff en la cesta de la ropa. 1792.

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Henry Fuseli; Falstaff en la cesta de la ropa, 1792. Óleo sobre lienzo, 137 × 170 cm. Kunsthaus de Zurich.

El Silencio, 1799-1801

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Henry Fuseli; El Silencio, 1799-1801; Óleo sobre lienzo, 63,5 × 51,5 cm . Kunsthaus, Zürich.

La Noche-Hag Visita las brujas  de Laponia, 1796

The Night-Hag Visiting the Lapland Witches (1796 - Henry Fuseli)

La Noche-Hag Visita las brujas de Laponia, 1796

La visión de Catalina de Aragón,  1781

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La visión de Catalina de Aragón, 1781

La visión de Catalina de Aragón (RA 1781) es una pintura de historia se cree que está inspirado en Shakespeare Rey Enrique VIII, acto IV, escena II. En este momento de la obra, Katherine acaba de pedir a su asistente, Griffith para decirle sobre la muerte del cardenal Wolsey. Aunque Katherine detesta Wolsey por su gran ambición, su aceptación de sobornos de favores eclesiásticos, y sus acciones duplicidad, el elogio de Griffith ha hecho Katherine le deseamos la paz en el más allá. Después de su conversación con Griffith, Katherine se duerme y tiene una visión.

El sueño del pastor, 1793

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Henry Fuseli; El sueño del pastor, 1793. Óleo sobre lienzo, 154,5 cmx215,5 cm. Tate Britain .

Sin intercesión entre Satanás y la muerte, 1799-1780.

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John Henry Fuseli; Sin intercesión entre Satanás y la muerte, 1799-1800. Óleo sobre lienzo, 67,31 x 58,42 cm. Museo de Arte del Condado de Los Ángeles.

El juramento de Rütli (1780)

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Henry Fuseli, El juramento de Rütli (1780); Óleo sobre lienzo, 267 × 178 × 105,1 cm. Deutsch: Kunsthaus, Sammlung, Zürich.

En El juramento de Rütli (1780) reconstruye Füssli un episodio histórico de la Confederación Helvética, un tema de carácter nacional, elemento muy característico del Romanticismo. El género de la pintura de historia es el género mayor de la pintura occidental moderna, por la trascendencia tradicional de su contenido, protagonizado por figuras legendarias.

Un pintor tan moderno como Füssli lleva a cabo pinturas sublimes de ruinas o temas históricos nacionales como este empleando figuras de aspecto vigoroso y alargado características del Manierismo. Los cuerpos son exageradamente musculados y monumentales, de gran energía física. También es un rasgo manierista el espacio irracional: el fondo neutro que palpita con la luz que procede del fondo e impide ubicar racionalmente las figuras. Sabemos que nos encontramos en un exterior y en un paisaje, pero no lo vemos, no sabemos si la iluminación es natural o sobrenatural.

Vemos la obra de abajo arriba, como es propio, también, del Manierismo, lo que da un carácter aún más alargado a las figuras.

El episodio remite a una conspiración, un juramento con intención política (revolucionario, porque jurar había sido siempre un signo sagrado de consagración al martirio y aquí su intención es secular). Quien jura levanta los brazos en un lenguaje gestual que transforma, por tanto, signos de carácter religioso en signos paganos.

La obra refleja las ideas liberales de Füssli, por las que acabaría en el exilio.

El artista desesperado ante la grandeza de las ruinas antiguas (1778-80)

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Henry Füssli; El artista desesperado ante la grandeza de las ruinas antiguas (1778-80), 415 mm x355 mm. Kunsthaus, Zúrich.

En El artista desesperado ante los fragmentos de una ruina clásica (1770-1780) retrató con elocuencia a un artista desnudo, de gesto melancólico, que remite al Manierismo. A Füssli le interesó la desestabilización del Renacimiento en el s XVI con aquel movimiento, sus figuras alargadas y el inicio de la estilización.

Hacia los maestros manieristas volvió, por tanto, su mirada, fascinado por la irrealidad y la subjetividad que manejaron. Como ellos, él alargó y deformó sus figuras en esta obra cuyo dibujo podríamos calificar de manierista; el brazo y el pie del coloso son mucho más grandes que toda la figura del artista, aplastado por esa grandeza.

Se establece una proporción desigual, como en Los viajes de Gulliver de Dafoe. Cada bloque de piedra del muro solo concertaría con un gigante.

En aquellos años, Piranesi defendía la superioridad del arte romano sobre el griego y llevaba a cabo sus igualmente sublimes cárceles: la grandeza de la Antigüedad se convertía en algo mitológico.

La escena es aparentemente clásica, pero aquí el clasicismo se nos muestra convertido en algo inaccesible y monstruoso; la melancolía del artista procede de la grandeza de las ruinas, objeto de una exaltación elegíaca.

Thor golpeando la serpiente de Midgard 1790

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Henry Fuseli; Thor golpeando la serpiente de Midgard, 1790. Óleo sobre lienzo, 133 cm x 95,6 cm. Real Academia de Artes Colecciones , Londres.

En esta pintura, Fuseli se centró en el macho desnudo heroico, respondiendo tanto a las estipulaciones académicos, que dan prioridad a los expertos en el tratamiento de tales figuras, y el culto de primitivismo, que encontró su expresión a través de la re-evaluación de las fuentes literarias antiguas , particularmente fuerte en este periodo. Esta pintura fue el precursor en el trabajo de una serie de pinturas y dibujos que ilustran poetas nórdicos y leyendas de Fuseli.

Esta pintura de Fuseli fue el trabajo de Diploma, presentado a la Real Academia de las Artes por su elección como académico completo en 1790, en respuesta a la exigencia de que una vez elegido un académico real debe presentar una obra, representativa de su obra a la colección de la Academia. Esta pintura es un buen ejemplo de temas favoritos de Fuseli basado en la mitología de hadas sobrenatural y la superstición demoníaca. Se ilustra un episodio de las sagas de Islandia de la Edda anciano que se conoce en Inglaterra desde la traducción de PH Mallet de Thomas Percy Introducción a l’histoire du Dannemarc, (1755) publicado como Norte Antiquitie s en 1770 (II, p. 134ff.).

La Soledad en el amanecer 1794-1796

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Henry Fuseli; La Soledad en el amanecer 1794-1796.Óleo sobre lienzo, 95 × 102 cm. Deutsch: Kunsthaus, Zürich.

Desnudo echado mientras una mujer toca el piano (1800), Colección Ganz, Chicago.

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Henry Fuseli; Desnudo echado mientras una mujer toca el piano (1800), Colección Ganz, Chicago. Óleo sobre lienzo, 71 × 99 cm. Kunstmuseum de Basilea.

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Arte, Edgar Degas, Impresionistas, Pintura del XIX, Sin categoría

Las Bailarinas de Degas

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Dos Bailarinas, entre 1878- 1880. Pastel. Colección Privada.

“La finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no el copiar su apariencia”. Aristóteles.

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Edgar Degas, “Bailarina ajustándose la zapatilla”, 1887. Pastel sobre papel, Frederick Iseman Art Trust.

-Preliminares-

El impresionismo, la fotografía y la estampa coloreada japonesa.

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Boulevard Montmartre en una mañana nublada es una pintura impresionista realizada por el artista Camille Pisarro. Los impresionistas buscaron ante todo analizar los efectos de la luz y el tiempo atmosférico sobre los paisajes. Pisarro realizó una serie de obras sobre esta misma calle bajo distintas condiciones: nublado, lluvioso, por la mañana, por la tarde…Esta pintura fue realizada en 1897. Las figuras en esta obra son secundarias y nos muestran los quehaceres cotidianos del París de finales del siglo XIX. El punto de vista del espectador es elevado, como si estuviese situado en el primer piso de una de las casas de aquella calle. La pincelada es suelta y abocetada. La obra se puede ver en la Galería Nacional de Victoria, en Melbourne, Australia.

Ante un cuadro como el de la siguiente ilustración, en el cual Camille Pisarro evocó la impresión de un bulevar de París a pleno sol, el público en general se preguntaría: ¿Es que yo aparezco así al pasear por el bulevar? ¿Es que pierdo mis piernas, mis ojos, mi nariz…y me convierto en una especie de bulto informe? Con esta actitud, el conocimiento de lo que “pertenecía” a un hombre se interponía entre su juicio y lo que vemos realmente.

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Camille Pisarro (1830-1903), Mañana soleada en el boulevard des italiens, 1897. Óleo sobre lienzo, 73,2×92,1 cms. Colección Chester Dale; Galería Nacional de Arte, Washington.

Tuvo que pasar algún tiempo para que el público aprendiera a ver un cuadro impresionista retrocediendo algunos metros y disfrutando del milagro de ver esas manchas embrolladas colocarse súbitamente en su sitio y adquirir vida ante nuestros

ojos. Conseguir este milagro y transferir la verdadera experiencia visual del pintor al espectador fue el verdadero propósito de los impresionistas.

Tal vez no hubieran conseguido este propósito, si no hubiera sido por dos aliados que contribuyeron a que los hombres del siglo XIX vieran el mundo con ojos distintos. Uno de estos aliados fue la fotografía. La evolución de la cámara portátil y de la instantánea comenzó hacia los mismos años que vieron la aparición de la pintura impresionista. La cámara ayudó a descubrir el encanto de las vistas fortuitas y los ángulos inesperados.

La fotografía estimuló a los impresionistas para elaborar audaces composiciones, como figuras en contrapicado, o escenas incompletas (como en grabados japoneses) que ayudaban a crear el efecto de inmersión del espectador en la escena, dando la sensación de que el cuadro se extendía más allá de los límites del marco, dentro de la vida misma del espectador. Este recorte del encuadre dejando abierto e incompleto el primer plano se denomina «desbordamiento del primer plano», y era un recurso muy utilizado por Degas.

Edmond Duranty en La nouvelle peinture fue el primero que comparó determinadas pinturas de Degas con la fotografía. Con una salvedad importantísima: las poses delante del fotógrafo carecen de acción y de vida, lo que no ocurre en las pinturas de Degas. El escultor Rodin lo dirá también por esa época: las fotografías muestran el raro aspecto de un hombre que, de repente, ha quedado paralizado. El artista sí que es veraz, y puede producir la impresión de un gesto que se lleva a cabo en varios instantes; la fotografía miente, pues en la realidad el tiempo nunca se detiene. Pese a todo, Duranty anima a los artistas a dejarse tentar por los descubrimientos científicos y les asegura que éstos iban a cambiar radicalmente su visión de la realidad. Degas comparte enteramente el pensamiento del crítico.

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Después del baño, prueba de bromuro realizada por Degas.

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Edgar Degas, Después Del Baño, 1896. Óleo sobre lienzo, Philadelphia Museum of Art, Filadelfia, PA, EE.UU.

En este ejemplo destaca la provocadora pose de la mujer, como si Degas hubiera atendido a los consejos de Duranty, sobre las cualidades expresivas de esta vista de espaldas.

Cada vez se hace más difícil encontrar los justos términos que establezcan de manera correcta las relaciones entre la pintura y la fotografía. Ambas tienen dos puntos en común: la mirada y la superficie plana, es decir, un espacio que ya no es el de la vida.

Otro ejemplo lo tenemos en la siguiente lámina:

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Edgar Degas, Bailarina basculando (Bailarina verde), (1877-1879). Pastel y gouache sobre papel. 64 x 36 cms. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.

Degas nos introduce en esta pintura en el mundo del ballet que tanto le interesaba. Una vista del escenario, con varias bailarinas en plena representación, es captada desde uno de los palcos laterales en alto. Sólo una de ellas se muestra de cuerpo entero, en un complicado y rápido giro. Las demás están cortadas y el resto de sus figuras quedan a nuestra libre imaginación. Delante del decorado de paisaje, varias bailarinas de naranja esperan su turno de actuación. Por el influjo de la fotografía y de los grabados japoneses, Degas crea un espacio pictórico descentrado y truncado. Para él la realidad, transitoria e incompleta, debía ser plasmada de forma fragmentaria. La fugacidad de la acción es captada con los trazos rápidos de la técnica del pastel, que el pintor aplica con gran virtuosismo.

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Edgar Degas, “Bailarina ajustándose las zapatillas”, 1885. 18 3/4 x 23 1/2 inches. Dixon Gallery and Garden. Menphis. EEUU.

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Edgar Degas, “Bailarina en verde”, 1883. Pastel sobre papel, (71 x 37.9cm). Met. NY.

Así, este invento propició que los artistas se vieran impulsados incesantemente a explorar regiones a las que la fotografía no podía seguirles. En efecto, el arte moderno no habría llegado a lo que es sin el choque de la pintura con la fotografía.

Pensemos por último, que Impresionismo y Fotografía comparten el concepto equivalente de instantaneidad, como idea de captar un momento determinado, un instante fugaz, ya sea de luz, tiempo o acción; y que también será la cámara la que introduzca al pintor en la idea de secuenciación y series.

Degas, paradigma de esta nueva visión en la pintura, generará ulteriores tendencias postimpresionistas, (o deberíamos decir post-degasianos), colindantes con el nuevo siglo XX, que potenciarán el empleo de la fotografía como medio, desde los “navis”, simbolistas y modernistas, hasta el expresionismo.

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Edgar Degas (francés, 1834-1917), “Friso de bailarinas”, c. 1895. Óleo sobre tela, 70.00 x200.50 cm. The Cleveland Museum of Art. Regalo del Fondo Hanna.

El segundo aliado que los impresionistas encontraron en su atrevida persecución de nuevos temas y nuevos esquemas de color fue la estampa coloreada japonesa.

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El arte en Japón se desarrolló por influjo del arte chino y continuó dentro de sus mismas líneas durante casi un milenio. Ya en el siglo XVIII comienzan a establecerse las primeras conexiones comerciales entre Japón y Europa y con ellas, quizá bajo el influjo de grabados europeos, los artistas japoneses abandonaron los temas tradicionales del arte chino y eligieron escenas de la vida popular como tema para sus grabados en madera coloreados, en los que aparecen conciliados una gran audacia de concepción y una maestría técnica perfecta.

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Katsushika Hokusai, “La gran ola de Kanagawa”, de la serie Treinta y seis vistas del monte Fuji. Tokio (Edo) 1760-1849, entre 1830-1832. Grabado en madera policromada; tinta y color en el papel, (25,7 x 37,9 cm). La composición de este impresionante grabado en madera, dice que inspiró La Mer de Debussy (el mar) y de Rilke Der Berg (La Montaña), se considera como un icono del arte mundial. Hokusai hábilmente juega con la perspectiva de hacer más grandioso la montaña de Japón que aparece como un pequeño montículo triangular dentro del hueco en la cresta de la ola. El artista se hizo famoso por sus paisajes creados usando una paleta de índigo y azul de Prusia importados.

Una de las consecuencias que tuvo esta apertura comercial de Japón sobre el mundo del arte fue la llegada y popularización de las estampas japonesas. Desde Millet o Theodore Rousseau hasta Degas o Van Gogh coleccionaban apasionadamente estas estampas del ukiyo-e. La palabra ukiyo significaba «mundo flotante» en japonés, y el sufijo «e» equivale a «pintura».

Aquí hallaron una tradición no corrompida por aquellas reglas académicas de las que se esforzaban en zafarse los pintores franceses. Los japoneses tuvieron preferencias por las representaciones de aspectos insólitos y espontáneos del mundo. Su maestro Katsushika Hokusai (1760-1849), representaría el monte Fuji visto como por casualidad detrás de una cisterna de bambú, O visto al fondo entre las crestas de las olas en “la gran ola de Kanagawa”.

Utamaro (1753-1806) no titubeó en mostrar algunas de sus figuras cortadas por el margen del grabado o por una cortina.

Fue ese atrevido desdén de una regla elemental de la pintura europea lo que sugestionó a los impresionistas.

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Kitagawa Utamaro, “Subiendo una persiana para admirar la flor del ciruelo”, finales de la década de 1790. Grabado, 19,7×50,8 cms.

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Katsushika Hokusai, “El monte Fuji asomando tras una cisterna”, 1835. Grabado de la serie Cien vistas del monte Fuji, 22,6×15,5 cms.

El pintor más profundamente impresionado por estas posibilidades fue Edgar Degas (1834-1917). Degas era algo mayor que Monet y Renoir; perteneció a generación de Manet y, como él, se mantuvo un tanto apartado del grupo impresionista, aunque simpatizó con la mayoría de sus propósitos.

La Mirada de Edgar Degas

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Autorretrato fotográfico de Edgar Degas, pintor francés, Gelatina de plata. 4 11/16 pulg. X 6 9/16 in. Harvard Art Museum.

Degas se interesó apasionadamente por el diseño y por el dibujo –sintió gran admiración por Ingres-, fue, podríamos decir un “obseso” de la búsqueda del espacio, la solidez y los ángulos más insospechados.

Por este motivo es por lo que le gustó ir a buscar sus temas en los sitios cerrados más que en la naturaleza como hacían la mayoría de los impresionistas.

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“Las Bailarinas Azules”, Cuatro bailarinas entre bastidores. 1898. Pastel, 66 x 67 cm. Museo Puschkin. Moscú.

Amante de la ópera y del ballet, era un asiduo del Teatro de la Ópera de París, donde tenía acceso a los ensayos, clases, etc. Observando los ensayos y las clases de ballet, Degas tuvo ocasión de ver cuerpos en todas las actitudes y desde todos los ángulos. Mirando el escenario desde arriba, vería a las muchachas danzar, o descansar, y estudiaría los escorzos difíciles y los efectos de la luz de las candilejas en el modelado de la forma humana. La ilustración siguiente muestra uno de los apuntes al pastel de Degas. La composición acaso no resulte muy natural en apariencia. De una de las bailarinas sólo vemos las piernas; de otras, el cuerpo solamente. Una sola figura está vista por completo, y, aun así, en una postura intrincada y difícil de examinar. La vemos desde arriba, con la cabeza hacia adelante y con la mano izquierda sujetándose el tobillo, en un estado de relajamiento. No existe nada anecdótico en los cuadros de Degas; a él no le interesaron las bailarinas porque fueran muchachas bonitas, ni parece que se preocupara por sus estados de ánimo, ya que las observaba con la misma desinteresada objetividad con que contemplaron los impresionistas los paisajes en torno a ellos. Lo que le importaba era el juego de la luz y las sombras sobre las formas humanas, y ver de qué manera podía sugerir el movimiento o el espacio. Demostró al mundo académico que los nuevos principios de los artistas jóvenes, lejos de ser incompatibles con el dibujo perfecto, planteaban nuevos problemas que sólo el más consumado maestro en el dibujo podría resolver.

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Edgar Degas, “Esperando la entrada”, 1879. Pastel sobre papel, 99,8×119,9 cms. Colección particular.

El pintor de la mirada moderna

Se suele considerar “Mujer mirando con gemelos” (1875/6), óleo sobre cartón (Siguiente lámina) como un estudio para integrar posteriormente en alguna composición. Degas prestó especial atención al problema de la visión, con lo que bien pudo expresar con esta representación únicamente el acto de mirar.

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Ante esta mujer que se esconde tras la aparente máscara de los prismáticos, todo aquel que mira se siente a su vez potente y directamente observado. Inquisitorialmente mirado, dado el  aumento del instrumento óptico que utiliza la dama. Al primero que devolvió esa mirada directa y frontal fue a Degas. Segura, apoya la mano en el codo y observa, observa. En el otro extremo del espectro situaríamos a Estelle Musson, su cuñada invidente, a quien Degas sigue con la mirada, un poco premonitoriamente (Degas, acabó sus días acompañado de la ceguera) empática, hacia algún lugar vacío, indiferente.

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Degas, Edgar, “Madame René de gas”, 1872/1873. Óleo sobre lienzo, 72,9 x 92 cm. National Gallery of Art, Washington.

Tantas miradas

Alguien dijo que Degas era realmente una mirada que sólo quería seguir siendo mirada. Degas parece insistir en el hecho de que la mirada está cargada de significado y así enfatiza la diversidad de nuestros modos de ver. Sabe de la diferencia entre el acto de escrutar y la visión momentánea, fugaz. Mira a sus modelos de manera distinta. Cuando los mira de cerca, directamente a los ojos, sabe que está estableciendo con ellos una equivalencia de status. Miran al pintor Hortense Valpinçon, la pequeña Bellelli, la mujer de El enfado; muchos hombres, sin embargo, están ensimismados, más pensativos, tinen la mirada perdida. Pero el que tiene la mirada perdida también mira, contempla, recuerda y piensa; así, Duranty y Diego Martelli, también Rouart, Manet y Jeanteaud, Linet y Lainé. Mira absorta Mary Cassat en el museo y alguna otra mujer en el Louvre; son miradas que no se dirigen a la vida, sino al arte, miradas que por eso nos reenvían a la de Degas, siempre atento a los paisajes del arte. Describe la mirada interrogadora de la prostituta y la respuesta confundida del cliente. Mira Degas los ensayos en el Foyer de la danza, entre bastidores; es espectador en el café concierto y en la ópera, mira en el Ballet de Robert le Diable a alguien que en el centro desvía la atención del escenario y la dirige hacia no se sabe qué lugar, hacia arriba, hacia la izquierda, hacia donde el espectador con prismáticos mira. Mira las escenas que previamente compone la pareja de L’Absinthe, El enfado, La Viol. Observa como un cazador de actitudes a las planchadoras y a las mujeres en casa de la modista que se miran unas a otras; mira también a la dama que se mira en el espejo. Y mira, sobre todo, como por el ojo de una cerradura, a tantas y tantas mujeres que se asean. Degas confiesa no haber inventado nada: sólo había que mirar. Y, sin embargo, reconoce haberse acercado a numerosos métodos de ver.

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Edgar Degas, “Mujer ante el espejo”, 1899. Pastel sobre papel, 49 x 64 cm. Kunsthalle de Hamburgo.

<<Pocos hombres están dotados de la facultad de ver; son menos aún los que poseen el poder de expresar. Ahora, a la hora en los que los demás duermen, este se inclina sobre su mesa, clavando en una hoja de papel la misma mirada que fijaba hace poco en las cosas, esforzándose con su lápiz, su pluma, su pincel, salpicando el techo con el agua del vaso, secando su pluma con su camisa, impaciente, violento, activo, como si temiera que las imágenes se le fueran a escapar, belicoso aunque solo, y zarandeándose a sí mismo. Y las cosas renacen en el papel, naturales y más que naturales, bellas y más que bellas, singulares y dotadas de una vida entusiasta como el alma del autor. >> Párrafo del capítulo III del “Pintor de la vida moderna”  C. Baudelaire, que leído en este contexto, cada una de las frases lleva un eco de Degas.

Una de sus miradas: Las bailarinas

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Edgar Degas (1834-1917), “Bailarinas”, Pastel (1884 – 1885), 750 mmx730 mm. Museo de Orsay. Paris.

De entre todas las miradas que abarca la obra pictórica de Degas – hombres, retratos, caballos, pasajes de la vida cotidiana…- hay una mirada que puede decirse obsesiva en ella: la mirada a la mujer, que pudiera resumirse en dos amplísimas líneas temáticas, de una parte el desnudo (Las bañistas) y, de otra que será la que presento en esta publicación, las bailarinas.

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Edgar Degas, Retrato de la señorita Fiocre en el ballet “La Source”, entre 1867-1868. Óleo sobre lienzo. Museo de Brooklyn. NY.

En su querido París, Degas lee, pasea, asiste a tertulias, a algún café concierto, al teatro también. Pero la Ópera estaba por encima de todo. Según testimonio de una conocida cantante, el pintor no se contenta únicamente con la música sinfónica: a Degas le hacían falta palabras que pudiera comprender, piernas que pudiera mirar, inflexiones humanas, una fisonomía que le conmoviera y le interesara, en fin, actitudes que fueran para él complemento de la frase melódica. En la ópera está en su elemento.

Tratándose de Degas y conociendo su tendencia a la repetición, no es de sorprender que entre 1885 y 1892 haya asistido a treinta y siete representaciones del Sigurd de Reyer, a quince del Rigoletto de Verdi, treces veces al ballet Copellia de Delibes, doce el Guillermo Tell de Rossini, etc… Sólo dos veces asiste a una representación de Wagner, a quien no podía soportar, y ello seguramente por la interpretación de su querida Rose Caron, la cantante ala que le había dedicado un poema y realizado un retrato.

Una de estas obras anuncia premonitoriamente toda la temática del ballet. Se trata del retrato de Mlle. Eugénie Fiocre (Lámina anterior); allí, insólitamente ubicadas, como dejadas deliberadamente entre las patas del caballo, aparecen unas zapatillas de ballet rosas. Seguidor de Courbet en el paisaje realista, en absoluto exótico como demandaba el libreto, contrasta contra él una escena que nada tiene que ver con la realidad pues representa, tal como se refleja en el agua y en el vaporoso estudio de los ropajes y actitudes, todo el hechizo de la representación.

Eran frecuentes en otros pintores las vistas panorámicas de los espectáculos, en Menzel, por ejemplo. Pero Degas elige nuevas estrategias visuales, como ocurre en La orquesta de la ópera.

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Edgar Degas (1834-1917), “La Orquesta de la Ópera”, alrededor de 1870. Óleo sobre lienzo, 56,5 × 45 cm. Museo de Orsay.

En este cuadro aparecen las primeras bailarinas como fondo, alto fondo, de lo que se puede considerar peculiar retrato que le hace a su amigo Desiré Dihau, bajo de la Ópera. El músico aparece rodeado de cabezas e instrumentos, bustos idénticos, vestidos de negro, el violoncelista Louis Marie Pilet, el tenor español Lorenzo Pagans, también músicos ficticios, algunos familiares y amigos de Degas. Todos ellos contrastan con el fondo de bailarinas, sólo cuerpos, piernas, colores decapitados. Esta obra rompe con la pintura de historia y anuncia su fama como pintor de bailarinas. El foso que aparece ahora en primer plano, pasará poco a poco a no ser más que una franja, una referencia necesaria para el punto de vista. Los músicos tocan imperturbables, ajenos a lo que está pasando en el hechizo del escenario.

Dos mundos que se ignoran y que van a cobrar similar importancia en otro cuadro, Músicos en la orquesta. Como es habitual en él, decide ampliar este óleo sobre lienzo con una banda, para darle mayor espacio a las bailarinas.

Su modernidad consiste en el hiato de esos dos mundos. La estrella saluda, ellos descansan con los ojos en la partitura, prestos a retomarla. El punto de vista, la diferencia de escala, las iluminaciones, todo da la réplica.

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Edgar Degas (1834-1917), “Músicos de la orquesta”, entre 1872/1876. 49 x69 cm. Galerie Städel.. Francfort.

Pero aquellas bailarinas que aparecían como fondo de La orquesta de la Ópera cobran realmente importancia en las escenas de repetición del ballet, en tres cuadros sucesivos de los que se conservan unos veinte dibujos, testigos de la compleja génesis de la composición. El óleo sobre lienzo Repetición de un ballet en el escenario (hacia 1874, Paris, Orsay) única grisalla en la producción de Degas, la del Metropolitan de Nueva York, también de 1874, pintura a la esencia con toques de acuarela y pastel sobre dibujo a la pluma y papel aplicado sobre el lienzo, 54,3 x 73 cm.  y La repetición sobre el escenario, hacia 1874 también en el Metropolitan, pastel sobre dibujo a la pluma y papel pegado sobre bristol aplicado sobre tela, 53,3 x 72,4 cm. Más libre, por lo que se ha pensado en él como la última versión de una posible suite.

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Edgar Degas (1834–1917), “Répétition d’un ballet sur la scène”, 1874. Oil on canvas, grisalla. 650 mmx 810 mm. Musée d’Orsay.

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Repetición de un ballet en el escenario en el Metropolitan NY. Referidos anteriormente.

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Repetición de un ballet en el escenario en el Metropolitan NY. Referidos anteriormente.

El pastel sobre papel En el ballet (En el teatro), es uno de los más atrevidos primeros planos de Degas. Tanto es así que se debe suponer un espectador detrás de la dama del abanico, sobre la barra en diagonal que separa la platea del mundo de las bailarinas.

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Edgar Degas, “En El Ballet”, 1880- 1881, Pastel sobre papel. Colección privada. Francia.

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Edgar Degas, “Bailarina con ramo”, 1877. Técnica mixta sobre lienzo, 67 × 38 cm. Museo de Orsay.

Partiendo de esta mirada, tan poco convencional, se puede establecer u juego con una hipotética cámara en la mano que recorrería el teatro desde todos los puntos de vista. Virtuales espectadores, sobre un espacio virtual, comenzamos por La orquesta de la Ópera, donde sólo llegamos a ver los pies de las bailarinas, ascendemos hasta el cuerpo entero de Músicos en la orquesta. Variando de posición llegamos a las Repeticiones de un ballet en el escenario, subimos al palco para ver a la bailarina del ramo de flores y bajamos rápidamente, a esperarla en otra toma, Bailarina con ramo de flores saludando (Hacia 1877, Orsay, Paris), en un contrapicado, al lado del apuntador, temiendo, como la generación que admiró en su momento el realismo de la escena, que se precipite encima de nosotros. Allí, en primer término, experimentamos al observar el rostro de La estrella (hacia 1876-77, Orsay, París), como si el de na máscara japonesa se tratara, el tipo de iluminación artificial, cuyos efectos tanto buscaba Degas: Ud. Ya no necesita ir a la ópera después de haber visto estos pasteles, diría un crítico tras la exposición de 1877.

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Edgar Degas, “La estrella, con un ramo, saludando”, 1877. Pintura de género en colores pastel. Museo de Orsay.

Pero muy pocas escenas de ballet representan espectáculos reales. La única representación literal parece ser El ballet de Robert le Diable (Hacia 1871-72, Metropolitan NY). A Degas le entusiasmaba el decorado romántico de la ópera de Meyerbeer, que había permanecido cuarenta años con el mismo poder de seducción. Al lado de los bocetos y dibujos, Degas había hecho anotaciones sobre los juegos de iluminación, el flou de las apariciones, la luna, las lámparas, la bóveda y los efectos de claro-oscuro…

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Edgar Degas, “El ballet de “Roberto el Diablo”, 1871. Óleo sobre lienzo, 26 x 21 3/8 pulg. (66 x 54,3 cm). Met. NY.

Robert le Diable, de Meyerbeer, fue uno de los espectáculos más representados en la Opera de París, realizándose 758 actuaciones a lo largo del siglo, siendo la última el 28 de agosto de 1893. Su escenografía era de las más sobresalientes al representarse algunas escenas en los claustros de un convento como vemos en la imagen. Degas se sitúa en el patio de butacas y coloca delante de nosotros a varios espectadores para integrarnos en la actuación. Los miembros de la orquesta ocupan la fila inmediata a los hombres que tenemos delante por lo que ocuparíamos la segunda fila. Uno de esos hombres se olvida de la representación para mirar con sus anteojos a los palcos, mientras otro vuelve su cabeza hacia nosotros en actitud de reproche. De esta forma el artista se muestra más preocupado por ofrecernos el ambiente que rodea al espectáculo que la actuación en sí. Las tonalidades negras de los trajes, reforzadas por la oscuridad de la sala, se adueñan de la composición en la que destaca la pincelada rápida sin olvidar el dibujo, características habituales en la obra de Degas.

Pero Degas no había quedado prendado únicamente por la fantasmagoría del espectáculo, una vez más lo que le llamó  poderosamente la atención fue el contraste entre éste y el espacio de los músicos y los espectadores.

En el Foyer

No es casualidad que en 1870 aparezca, Madame Cardinal, el primer volumen de Ludovic Halévy sobre la famille Cardinal. Las protagonistas son dos bailarinas de la ópera, Pauline y Virginie Cardinal. En 1871 se publica Monsieur Cardinal; ese mismo año Degas pinta Clase de danza (Hacia 1871, Metropolitan NY). El primer cuadro sobre ejercicios de bailarinas.

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Edgar Degas, “La clase de baile”, 1871. Óleo sobre madera, 19,7 x 27 cm. Met. NY.

Es un cuadro de pequeñas dimensiones de textura lisa, muy bien repartida, grasa pero sin espesor, con una iluminación que recuerda algunas composiciones de interiores flamencos u holandeses. En seguida encontró comprador, Durand-Ruel consigue venderla ese mismo año. A partir de entonces el éxito estuvo asegurado: Degas se había convertido en lo que a la larga sería una lacra para él, en el pintor de las bailarinas. Es como si Degas, animado por la buena acogida del anterior cuadro, aumentara ahora el formato (32×46), introdujera a un famoso, el bailarín y maître de ballet, Louis-Alexandre Mèrante (1828-1887) y eligiera un lugar más digno del Foyer de la Ópera: la sala con pilastras, friso de mármol y un nicho que enmarca el enorme espejo. Entre el blanco y el dorado destacan los pequeños toques en negro y otros más vibrantes de rojo y amarillo.

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Edgar Degas, “Clase de danza en la Opera”,1872. Óleo sobre lienzo, 32x46cm. Museo de Orsay.

Cuando Degas consigue el libre acceso al Foyer, es cuando comienza su dedicación plena a las bailarinas. En la década de los setenta y ochenta pinta sus bailarinas en el escenario. Por esos mismos años realiza también sus clases y sus exámenes de baile, donde se mezclan las bailarinas con sus madres, Bailarinas en sus toillet, exámenes de baile. Poco a poco aparecen poses aisladas en pasteles, dibujos y esculturas; Bailarinas en la barra, sentadas en una banqueta, atándose las zapatillas, mirándose la planta del pie, en reposo, ensayando el primer tiempo de un arabesque, el segundo, el tercero… Toda esta preocupación por los gestos y las actitudes de las bailarinas culmina en su última época con las series y repetición.

Edgar Degas - La classe de ballet (1880)

La lección de Ballet, hacia 1881. Óleo sobre lienzo, 81,6×76,5cm. Filadelfia, Museum of Art.

En esta obra, muchas de las bailarinas de Degas han perdido su aura. Realizan un trabajo asalariado, un aburrido trabajo mecánico, Las madres deben estar siempre pendientes de que sus hijas no se agoten. La condición social de estas pequeñas esforzadas viene subrayada aquí por la presencia de la madre, como en otro mundo, cerrado además en la lectura del Petit Journal. Nuestra vista choca contra su perfil vulgar y continúa a través de una postura en absoluto delicada. Ella también está cansada de faenar todo el día y no parece importarle demasiado si algo artístico está sucediendo en la sala. Si seguimos por la diagonal que esta figura inicia, dos bailarinas, absortas también, esperan su turno y tapan la silueta negra del profesor, Jules Perrot. Esta mancha negra es tan sólo una mirada que nos envía al otro extremo después de cruzar el inmenso suelo vacío que divide en dos mitades lo que está ocurriendo en la sala. Como suele ocurrir en Degas el suelo unifica a los personajes al mismo tiempo que los separa. Este vacío y amplio plano horizontal está interrumpido en el extremo superior izquierdo por tres pies y una punta. Sólo si levantamos la mirada suponemos otro espacio, confuso esta vez por la presencia de un espejo que nos relanza al exterior, al otro lado del cuadro, por donde hemos entrado en él, donde seguramente, tras nosotros, estén los ventanales que dejen ver Paris. Un barroco juego de equívocos difícilmente re- construible. Si por la derecha juega con sus habituales cortes fragmentarios, como sesgando con fuerza el lugar, en el otro extremo lo expande de manera confusa. Esta vez se ha superado si de jugar con los límites del cuadro se trataba.

La bailarina es sólo un pretexto para el cuadro, decía siempre Degas. En este caso cada una de sus actitudes parece jugar con la fugacidad, la posibilidad de que las cosas, pasado el instante en el que ocurren, dejen de ser exactamente como son. Sólo la madre, que se ha dejado literalmente caer en la silla, da a la fugacidad la contrarréplica necesaria. Arrepentimientos, variantes en la composición, cambios de figuras… en fin, todo el modo de hacer habitual en Degas.

Degas en el Museo Metropolitano de NY.

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Degas en Orsay

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Degas en otros Museos y en Colecciones Privadas.

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Para terminar, un pequeño homenaje a la Ópera, que acompañó al artista en su mirada.

El Ballet en la mirada de Degas:
Pas de quatre, Acto II del Ballet “El lago de los cisnes”.
Música de P. I. Tchaikovsky
Yevgenia Obraztsova

¿cual sería la mirada de Degas a la danza actual?
Dos ejemplos:

ORIGINAL – Polina Semionova (HD – Ballet – H. Grönemeyer – instrumental)

Passage : Roberto Bolle e Polina Semionova

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Arte, Marie-Guillemine Benoist, Pintura siglo XIX, Portrait d'une negresse, Retrato de una negra

Marie-Guillemine Benoist: “Portrait d’une negresse” (Retrato de una negra)

Detalle: “Portrait d'une négresse”

Detalle: “Portrait d’une négresse”

En la Francia de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, coexistieron un pequeño grupo de mujeres dedicadas profesionalmente a la pintura (lo que podría considerarse una singularidad), siempre pertenecientes a las clases media y alta. De entre ellas cabe destacar Margerite Gérard, Angélique Mongez, Anne Vallayer-Coster o Élisabeth Vigée-Lebrun, incluida nuestra protagonista, Marie-Guillemine Benoist –alumna de la anterior, con la que comenzó su aprendizaje hacia 1780 –, y más tarde discípula de Jacques-Louis David.

Autoretrato, 1790.

Autoretrato, 1790.

Marie-Guillemine Benoist (París 1768-París 1826) fue una de las de mayor éxito de su generación. Sus obras, expuestas por vez primera en 1784, no tardaron en ser reconocidas por el público. Durante el mandato de Napoleón (1769-1821) obtuvo el monopolio de los encargos de retratos del “Departament”. En un principio, su pintura, todavía estaba sometida a los temas clásicos a rígidas normas y a las convenciones de su tiempo: por lo general se reducía a escenas sentimentales y moralizantes de la vida familiar, retratos de niños y mujeres o temas semejantes; En 1791 el talento de la joven Marie-Guillemine destacó en el Salón de París, donde expuso por primera vez, obteniendo un notable éxito con una pintura de temática mitológica, “Psique despidiéndose de su familia”.

Marie-Guillemine Benoist, Retrato de Pauline Bonaparte (1780-1825), 1808. Óleo sobre lienzo, 200 x 142 cm. Musée national du Château de Fontainebleau.

Marie-Guillemine Benoist, Retrato de Pauline Bonaparte (1780-1825), 1808. Óleo sobre lienzo, 200 x 142 cm. Musée national du Château de Fontainebleau.

Marie-Guillemine Benoist, Retrato de una dama, 1799. Óleo sobre lienzo, San Diego Museum of Art.

Marie-Guillemine Benoist, Retrato de una dama, 1799. Óleo sobre lienzo, San Diego Museum of Art.

Pero a partir de 1795 se decantó por motivos de género, alejándose del estilo clasicista de David. Sus enérgicos cuadros preludian el estilo pictórico de Jean-Auguste Dominique Ingres.

Cinco años más tarde (1800), sin embargo, presentaba al Salón de París una obra muy distinta, alejada de las convenciones impuestas a las mujeres artistas. El lienzo ‘Retrato de una negra’ no sólo dejaba atrás el estilo de sus obras anteriores, sino que además suponía una llamativa mezcla de estilo clasicista y romántico.

Retrato de una negra. Obra de Marie-Guillemine Benoist. 1800. Óleo sobre lienzo, 81 x 65 cm. Museo del Louvre. París.

Retrato de una negra. Obra de Marie-Guillemine Benoist. 1800. Óleo sobre lienzo, 81 x 65 cm. Museo del Louvre. París.

Técnicamente, todos los detalles del cuadro están al servicio del tema central, la dignidad de esta insólita mujer, semidesnuda –con un seno al descubierto–, reclinada en una lujosa silla que dirige su mirada insondable y llena de orgullo hacia el observador. La tela blanca realza el color oscuro de su piel, pero sin conjurar el elemento exótico y/o erótico-sensual que proporciona la propia figura y el pañuelo que cubre su cabeza, a modo de turbante.

La ambivalencia ética de esta obra:

Por una parte, este último elemento estético de la propia obra (exótico/sensual), nos lleva a pensar que el retrato queda reducido a un icono más del sensualismo para el consumo masculino. El retrato de Benoist es parte de la alta cultura que se posiciona contra el feminismo. Alta cultura que tiende a excluir a las mujeres artistas, en la que la mujer, ya sea blanca o negra, se reduce a un signo, a un objeto  en el discurso sobre la masculinidad. Podría decirse desde esta perspectiva que tanto Benoist como la mujer negra que nos presenta, eran esclavas, cada una a su modo,  de una cultura dominada por los hombres.

Pero, por otra parte, más allá del abandono de la temática que era propia de una mujer artista en aquel tiempo, la obra no sólo sorprendió por presentar a una mujer de raza negra como protagonista, sino que además Benoist había cometido la osadía de plasmarla siguiendo la convención tradicional europea, reservada a mujeres blancas de clase alta.

Sin embargo, hoy los estudiosos coinciden en señalar que la obra de Marie-Guillaumine Benoist era mucho más que una simple osadía estética y temática de una mujer artista un tanto “díscola”.

Unos años antes de realizar su obra, en 1794, se había producido la promulgación del Decreto de Emancipación, por el cual se abolía la esclavitud en las colonias francesas. La esclavitud estaba prohibida en la Francia continental desde la Edad Media, pero seguía practicándose en las posesiones coloniales.

Algunos autores han sugerido que Benoist quiso celebrar la ley que abolía la esclavitud colonial –duraría poco, pues en 1802 Napoleón la restauraría de nuevo, además de instaurar un ‘código’ que lleva su nombre y que imponía duras restricciones legales y sociales a las mujeres y a la inmigración negra a Francia–, pero es muy posible que la artista quisiera ir mucho más allá.

A finales de siglo XVIII, coincidiendo con la Revolución Francesa, se había producido en Francia un breve aunque notable movimiento de corte feminista en el país, y todo parece indicar que, pese a sus simpatías monárquicas, Marie-Guillaumine no dudó en mostrar su adhesión a aquellas ideas.

Así, su retrato de la joven negra –al parecer una criada de su cuñado, que había llegado de las colonias–, no sólo se erigía en un alegato contra la esclavitud, sino también en una reivindicación –aunque tímida– de los derechos de la mujer. Un mensaje que Benoist incluyó al plasmar la figura de la joven negra, que simbolizaba al mismo tiempo la esclavitud y a opresión de la mujer en la época.

Si hubiera deseado hacer únicamente una defensa de la erradicación de la esclavitud habría sido suficiente con plasmar a un hombre de raza negra, pero al escoger a una mujer, Benoist identificaba al mismo tiempo la injusticia del racismo y la esclavitud con la opresión sufrida por las mujeres. Un mensaje reforzado, además, al plasmar a su protagonista siguiendo las convenciones estéticas reservadas a mujeres blancas, y pintando un tema ajeno al que debían representar las mujeres artistas.

2a

En cualquier caso, sea el lector quien interprete ética y estéticamente la obra.

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Arte, Pintura siglo XIX, Prerrafaelistas

Ulises y las Sirenas: Waterhouse

John William Waterhouse (1849-1917), Ulises y las sirenas, 1891. Óleo sobre lienzo, 100,6 × 202 cm. Galería Nacional de Victoria. Melbourne. Australia.

John William Waterhouse (1849-1917), Ulises y las sirenas, 1891. Óleo sobre lienzo, 100,6 × 202 cm. Galería Nacional de Victoria. Melbourne. Australia.

Según cierta versión del mito, las Sirenas, llamadas en griego Seirênes, eran hijas del dios río Aqueolo y de la musa Melpómene. Originalmente eran doncellas al servicio de Perséfone, hija de Deméter. Cuando Perséfone fue raptada por Hades y conducida al infierno, Deeméter las convirtió en pájaros y las envío al mundo subterráneo de Hades para que la ayudaran en la búsqueda de su hija.

Algunos autores antiguos, incluido strabón, dicen que las sirenas estaban condenadas a vivir solo hasta que pasara un marinero que oyera su canto y no se dejara hechizar por él, como hizo Odiseo, y que entonces se zambullirían en el mar y se convertirían en simples (rocas poco visible en la superficie del agua y que constituye un grave peligro para la navegación), de este modo, atraían a los navegantes hacia la costa con su canto y al acercarse el barco estallaba contra los arrecifes, siendo devorados sus ocupantes.

Homero nos describe la situación en su canto XII de la Odisea:

John William Waterhouse (1849-1917), Circe celosa, 1892. Óleo sobre lienzo,179x85cm. Galería de Arte de Australia del Sur. Esta pintura muestra una escena no de la Odisea, pero a partir de la Metamorfosis de Ovidio. Circe celosa lanza una poción mágica en el pozo, donde su rival en el amor Scylla va a bañarse.

John William Waterhouse (1849-1917), Circe celosa, 1892. Óleo sobre lienzo,179x85cm. Galería de Arte de Australia del Sur. Esta pintura muestra una escena no de la Odisea, pero a partir de la Metamorfosis de Ovidio. Circe celosa lanza una poción mágica en el pozo, donde su rival en el amor Scylla va a bañarse.

… Estuvieron sentados allí hasta el ocaso disfrutando del banquete que les había ofrecido Circe diosa entre las diosas, comiendo carne y bebiendo vino, y al caer la noche los hombres se fueron a dormir, mientras que Circe tomó a Odiseo de la mano y lo llevó aparte, para explicarle los peligros que habría de encontrarse en su viaje de regreso Ítaca, empezando por las sirenas…

… Lo primero que encuentres en ruta será a las Sirenas,

que a los hombres hechizan venidos allá. Quien incauto

se les llega y escucha su voz, nunca más de regreso

el país de sus padres verá ni a la esposa querida

ni a los tiernos hijuelos que en torno le alegren el alma.

Con su aguda canción las Sirenas lo atraen y lo dejan

Para siempre en sus prados; la playa está llena de huesos

Y de cuerpos marchitos con piel agostada…

Dijo Circe entonces lo que Odiseo y sus hombres debían hacer para pasar sanos y salvos ante el reclamo de las sirenas:

… Tú cruza

sin pararte y obtura con masa de cera melosa

el oído a los tuyos: no escuche ninguno aquel canto;

solo tú lo podrás escuchar si así quieres, mas antes

han de atarte de manos y pies en la nave ligera.

Que te fijen erguido con cuerdas al palo: en tal guisa

gozarás cuando dejen oír su canción las Sirenas.

Y si imploras por caso a los tuyos o mandas te suelten,

Te atarán cada vez con más lazos…

Es este episodio de Ulises y las Sirenas el que describe en su pintura lWaterhouse. El autor pinta a las Sirenas en su forma original, como genios marinos híbridos de mujer y ave, aunque la representación más común las describe como hermosas mujeres con cola de pez en lugar de piernas.

Tanto el pasaje de la Odisea sobre las sirenas como el lienzo de Waterhouse contienen un mensaje subliminal, más allá de las primeras lecturas y miradas (técnicas). Las Sirenas representan el poder “maligno” del hechizo, capaz de apartar al hombre de su ruta, de su objetivo. De nuevo, el mal está representado una vez más por mujeres hermosas. Ulises simboliza al hombre centrado en su destino (en este caso su fin es llegar a su hogar, a Ítaca), lo cual queda reflejado en el cuadro con su postura atada y recta en el mástil a modo de cruz, y con su mirada fija hacia delante en el horizonte, observando aquél recoveco de luz que se cuela entre los acantilados; también representa la experiencia del hombre, pues Ulises siempre ha sido representado (en la literatura, en el cine…) como una persona madura e inteligente que no se deja llevar por los instintos más bajos de los seres humanos. Por tanto, este lienzo de Waterhouse puede considerarse un símbolo de superación del hombre.

Os dejo con Ítaca.

 

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Arte, Pintura del XIX, Prerrafaelistas

Lady Godiva y otras obras de John Collier.

Retrato de John Collier por su primera esposa, Marian (1882). (1859-1887); Retrato de John Collier, 1882-1883. Óleo sobre lienzo, 127,1 × 101,4 cm. Galería Nacional de Retratos.

Retrato de John Collier por su primera esposa, Marian (1882). (1859-1887); Retrato de John Collier, 1882-1883. Óleo sobre lienzo, 127,1 × 101,4 cm. Galería Nacional de Retratos.

Breve reseña biográfica:

Referencia: Wikipedia.

John Maler Collier (27 de enero de 1850 — 11 de abril de 1934) fue un escritor y pintor británico de estilo prerrafaelita, uno de los retratistas más destacados de su generación. Se casó con dos de las hijas de Thomas Huxley.

Nació en 1850, hijo de un juez y artista aficionado, Robert Porrett Collier, primer Lord Monkswell. Se educó en Eton y estudió en la londinense Slade School of Art, con sir Edward Poynter; en París, con Jean-Paul Laurens; y en Múnich. Aunque no fue su discípulo, fue animado e influenciado por sir Lawrence Alma-Tadema y sir John Everett Millais.

«Fue de Millais de quien aprendió el método, que él ya había adoptado en sus retratos, de poner el personaje y la tela lado a lado, mirándolos desde una cierta distancia, y caminando hacia adelante y hacia atrás, para hacer la pintura real.» («It was from Millais that he learnt the method, which he has ever since adopted in portraiture, of putting sitter and canvas side by side, looking at them from some distance, and walking backwards and forwards to do the actual painting.»)

Collier fue uno de los 24 miembros fundadores de la Sociedad Real de Retratistas (Royal Society of Portrait Painters), de la que llegó a ser vicepresidente. Fue también miembro del Instituto Real de Pintores al Óleo (Royal Institute of Oil Painters). Expuso no menos de 130 pinturas en la Royal Academy y 165 en la Sociedad Real de Retratistas, así como muchas otras en galerías por todo el país y en el extranjero. Fue autor de La cartilla de Arte (The Primer of Art, 1882), del Manual de pintura al óleo (A Manual of Oil Painting, 1886) y del El arte del retrato (The Art of Portrait Painting, 1905). En 1920 le fue concedida la Orden del Imperio Británico.

John Collier (1850-1934). Godiva o Lady Godiva, 1898. Óleo sobre lienzo, 142,2 × 183 cm. Herbert Art Gallery and Museum y Coventry Centro de Historia.

John Collier (1850-1934). Godiva o Lady Godiva, 1898. Óleo sobre lienzo, 142,2 × 183 cm. Herbert Art Gallery and Museum y Coventry Centro de Historia.

La obra representa la historia de Godiva, una joven dama esposa de Leofric conde de Chester y señor de Coventry que en el siglo X rogó a su esposo que redujera los impuestos de sus vasallos. Leofric accedió a la petición de su esposa con la condición de que ésta se paseara desnuda y montada a caballo por las calles de Coventry pensando que nunca aceptaría sin embargo Godiva, apenada por la situación de su pueblo accedió a la propuesta de su marido mientras sus vasallos se encerraban en sus casa con las ventanas cerradas para no perturbar más a la joven dama.

Éste es precisamente el momento escogido por Collier para representa su obra, Godiva encima de su imponente cabalgadura pasea desnuda por las calles de la ciudad; su figura avergonzada se contrapone con la altivez de su caballo que pasea elegante por la ciudad con sus mejores galas. La encarnación de la joven está muy lograda en la representación, sus formas son finas y delicadas y su melena cobriza muestra gran armonía con el manteo del caballo que lleva la heráldica del señor. La escena se desarrolla en el centro del poblado por lo que el pintor nos deja ver las construcciones de época medieval.

Otras Obras:

John Collier (1850-1934), Sacerdotisa de Delfos, 1891. Óleo sobre lienzo. 160 mmx80 mm. Galería de Arte de Australia del Sur.

John Collier (1850-1934), Sacerdotisa de Delfos, 1891. Óleo sobre lienzo. 160 mmx80 mm. Galería de Arte de Australia del Sur.

John Collier (1850-1934), La Bella Durmiente, 1921. Óleo sobre lienzo, 111,8 × 142,2 cm. Colección privada.

John Collier (1850-1934), La Bella Durmiente, 1921. Óleo sobre lienzo, 111,8 × 142,2 cm. Colección privada.

La Reina Ginebra en peregrinación.

La Reina Ginebra en peregrinación.

John Collier (1850-1934), La sacerdotisa de Baco, entre 1885 – 1889. Óleo sobre lienzo, 147,5 × 112,5 × 58,1 cm.

John Collier (1850-1934), La sacerdotisa de Baco, entre 1885 – 1889. Óleo sobre lienzo, 147,5 × 112,5 × 58,1 cm.

John Collier (1850-1934). Eva, 1911. Óleo sobre lienzo, 160 x 190 cm. Expuesto Real Academia, 1911.

John Collier (1850-1934). Eva, 1911. Óleo sobre lienzo, 160 x 190 cm. Expuesto Real Academia, 1911.

John Collier (1850-1934), Lilith, 1892. Óleo sobre lienzo. Galería de Arte Atkinson, Southport, Inglaterra.

John Collier (1850-1934), Lilith, 1892. Óleo sobre lienzo. Galería de Arte Atkinson, Southport, Inglaterra.

John Collier (1850-1934), Tannhäuser en el Venusberg (1901), 1901. Atkinson Galería de Arte, Southport.

John Collier (1850-1934), Tannhäuser en el Venusberg (1901), 1901. Atkinson Galería de Arte, Southport.

John Collier (1850-1934),  Siervas del Faraón, 1883.

John Collier (1850-1934), Siervas del Faraón, 1883.

John Collier (1850-1934), El bebé de la tierra, 1899. Óleo sobre lienzo.

John Collier (1850-1934), El bebé de la tierra, 1899. Óleo sobre lienzo.

John Collier (1850–1934), Angela McInnes, 1914. Óleo sobre lienzo. National Gallery of Victoria.

John Collier (1850–1934), Angela McInnes, 1914. Óleo sobre lienzo. National Gallery of Victoria.

John Collier (1850-1934), Pompas y vanidades, 1917. Óleo sobre lienzo, 199 × 139 cm. Historia de Exposiciones, Real Academia 1917.

John Collier (1850-1934), Pompas y vanidades, 1917. Óleo sobre lienzo, 199 × 139 cm. Historia de Exposiciones, Real Academia 1917.

Der Schmetterling. Öl en lienzo. 111,8 x 142,3 cm. Fuente christies.

Der Schmetterling. Öl en lienzo. 111,8 x 142,3 cm. Fuente christies.

Cassandra

Cassandra

John Collier (1850–1934), Meditaion, 1921.

John Collier (1850–1934), Meditaion, 1921.

John Collier (1850–1934), La gran dama, 1910; Óleo sobre lienzo,  155 × 121.8 cm. Christie's.

John Collier (1850–1934), La gran dama, 1910; Óleo sobre lienzo, 155 × 121.8 cm. Christie’s.

John Collier (1850–1934), La ninfa del agua, 1923.Óleo sobre lienzo, 102x127cm. Colección Privada.

John Collier (1850–1934), La ninfa del agua, 1923.Óleo sobre lienzo, 102x127cm. Colección Privada.

Artemis, por John Collier. Óleo sobre lienzo , 65,2 x 86,3 cm. Colección: Atkinson Art Gallery Collection

Artemis, por John Collier. Óleo sobre lienzo , 65,2 x 86,3 cm. Colección: Atkinson Art Gallery Collection

The Minx

The Minx

Una calle de Jerusalén.

Una calle de Jerusalén.

John Collier (1850-1934), Mirra, áloe y casia.

John Collier (1850-1934), Mirra, áloe y casia.

John Collier (1850-1934), La muerte de Cleopatra, 1890. Óleo sobre lienzo.

John Collier (1850-1934), La muerte de Cleopatra, 1890. Óleo sobre lienzo.

John Collier (1850-1934), El bosque de Arden, 1892.

John Collier (1850-1934), El bosque de Arden, 1892.

John Collier (1850-1934),  Hetty alazán

John Collier (1850-1934), Hetty alazán

Mujer reclinada

Mujer reclinada

La esposa del artista, Marion Collier (née Huxley) 1880 - óleo sobre lienzo. Londres, National Portrait Gallery.

La esposa del artista, Marion Collier (née Huxley) 1880 – óleo sobre lienzo. Londres, National Portrait Gallery.

Amor sagrado y profano - John Collier, 1919.

Amor sagrado y profano – John Collier, 1919.

Señora Osborne, por John Collier,  Ayuntamiento de Plymouth: Museo y Galería de Arte.

Señora Osborne, por John Collier, Ayuntamiento de Plymouth: Museo y Galería de Arte. Óleo sobre lienzo , 127,8 x 76,1 cm.

John Collier (1850–1934) Retrato de Rudyard Kipling, 1891, Óleo sobre lienzo.

John Collier (1850–1934) Retrato de Rudyard Kipling, 1891, Óleo sobre lienzo.

Una copia realizada por John Collier en 1883 del original de 1881, que se encuentra las habitaciones de la Sociedad Linneo. Fecha 1883 copia del original de 1881. Galería Nacional de Retratos.

Una copia realizada por John Collier en 1883 del original de 1881, que se encuentra las habitaciones de la Sociedad Linneo. Fecha 1883 copia del original de 1881. Galería Nacional de Retratos.

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